En mi barrio de la Guindalera, Madrid, soy parte y testigo-observadora del vínculo que los dueños establecen con sus perros en cada encuentro casual y circunstancial con mis vecinos. Después de mis aproximaciones con historias ajenas, entendí que en el presente que corre, muchos humanos buscamos perros en lugar de hijos, decidimos compartir nuestra soledad con una mascota, o cuando ya nuestra vida está más cerca del final, un perro pasa a ser un motor que la alarga. ¿Qué hay detrás de aquel vecino que dedica su tiempo en las rutinas de su perro, como yo?

¿Por qué un pit-bull y no un chihuahua? ¿Cómo lo ha escogido, o será que el perro lo habrá señalado a él?

Detrás de aquel discurso superficial, que ayuda a romper el hielo, me imagino la presencia de un vínculo profundo. Existen aspectos en los que dueño y perro se parecen, o se mimetizan, o bien, en los que en ocasiones los humanos proyectamos nuestros miedos, nuestras fantasías e ideales.

Muchos opinarán que “los dueños de animales en las ciudades son adultos que parecen no tener, no poder tener, o no desear tener una persona a quien amar” pero otros contrarrestarán la polémica diciendo “que un perro es más fácil de amar que muchas de las personas a las que conozco” (B Levinson).

En este proyecto, las imágenes y las palabras balancean su peso.

Los retratos intentan hablar de ese vínculo, y los bodegones que los acompañan se encuentran cargados de historias personales o símbolos de las mismas, objetos que podrían guardarse en una cajita, resistiendo el paso del tiempo. Siempre me ha gustado coleccionar huellas que los seres dejan, testimonios del paso, del camino que recorren.

En este caso concreto, en Vida de Perros he plasmado algunas historias estando segura que hay muchas más por escribir y fotografiar.

 

 

Throughout every casual encounter with my neighbours in La Guindalera, Madrid, I become both part and witness of the bond owners establish with their dogs. As I looked closer into other people’s stories, I realise that, at the moment, many humans are turning to dogs instead of children. We decide to share our solitude with a pet, and when our life gets closer to an end, dogs become the engine that extends it. 

 

What the neighbour who spends time on each everyday routine of the dog, like me, is about? Why a pit bull and not a Chihuahua? How do we choose a dog, or did the dog chose us? Behind this superficial thoughts, which help to break the ice, I imagine the presence of a deep bond.

There are facets in which owner and dog are alike, they imitate each other. Other times, we humans project our fears, fantasies and ideals.

Many would argue that “in cities, animal owners are adults who don’t have, or cannot have, or don’t want to have, another person to love,”

when others, like Ronald B. Levinson, would counteract the controversy stating “a dog is easier to love than most people I know.” 

 

In this project, images and words balance each other. The portraits talk about the bond, and the still life that support them are loaded with personal stories and symbols, objects that could be kept in a box, resisting the passing of time. I have always liked to collect the footprints human beings leave behind, proof of each step, of the way we travel. In this project I have captured many stories, being aware there are many more to photograph and write about. In my private search, I keep the written words trusted by my neighbours, recorded in conversations at the park,

in their homes, when they show me part of their intimacy.